Inconcebiblemente espantoso era el cambio que se había operado en
Crawford Tillinghast, mi mejor amigo. No le había visto desde el día
—dos meses y medio antes— en que me Contó hacia dónde se orientaban sus
investigaciones físicas y matemáticas. Cuando respondió a mis temerosas y
casi asustadas reconvenciones echándome de su laboratorio y de su casa
en una explosión de fanática ira, supe que en adelante permanecería la
mayor parte de su tiempo encerrado en el laboratorio del ático, con
aquella maldita máquina eléctrica, comiendo poco y prohibiendo la
entrada incluso a los criados; pero no creí que un breve período de diez
semanas pudiera alterar de ese modo a una criatura humana. No es
agradable ver a un hombre fornido quedarse flaco de repente, y menos aún
cuando se le vuelven amarillentas o grises las bolsas de la piel, se le
hunden los ojos, se le ponen ojerosos y extrañamente relucientes, se le
arruga la frente y se le cubre de venas, y le tiemblan y se le crispan
las manos. Y si a eso se añade una repugnante falta de aseo, un completo
desaliño en la ropa, una negra pelambrera que comienza a encanecer por
la raíz, y una barba blanca crecida en un rostro en otro tiempo
afeitado, el efecto general resulta horroroso. Pero ese era el aspecto
de Crawford Tillinghast la noche en que su casi incoherente mensaje me
llevó a su puerta, después de mis semanas de exilio; ese fue el espectro
que me abrió temblando, vela en mano, y miró furtivamente por encima
del hombro como temeroso de los seres invisibles de la casa vieja y
solitaria, retirada de la línea de edificios que formaban Benevolent
Street.
Mostrando entradas con la etiqueta Historias de Terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias de Terror. Mostrar todas las entradas
lunes, 9 de abril de 2018
Deja a los Muertos en Paz
Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa
Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el
espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de
monstruos. Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los
árboles helados, reclinando la cabeza sobre la lápida de su esposa.
Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.
Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:
—¿Dormirás eternamente?
Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a aquella en que Walter lloraba y le preguntó:
—¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas descansar.
Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.
Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:
—¿Dormirás eternamente?
Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a aquella en que Walter lloraba y le preguntó:
—¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas descansar.
Nosferatu
Obviamente, se acostó al amanecer. Antes, se había acercado a la ventana
que carecía de vidrios, cubiertos de polvo los bastidores de madera, y
había mirado hacia abajo con sus ojos sin párpados. La oscuridad se
diluía suavemente, vencida por la luz. Pasó un ómnibus colmado de
obreros, cruzaron dos o tres coches con los focos todavía encendidos.
Nosferatu acarició el polvo de la ventana con sus largos dedos de uñas
crecidas y el polvo permaneció quieto. Miró de nuevo hacia afuera y
suspiró: podía dormir en paz. Ningún movimiento extraño lo amenazaba.
Se acostó vestido sobre el suelo lleno de tierra y no se despertó hasta
el anochecer. Durmió de un tirón, sin sueños, y la oscuridad lo despertó
como despierta la luz. Debía salir, la calle entrañaba un peligro pero
en la calle encontraba su sustento. No podía recorrerla como si fuera
otro, con un cuerpo sin más historia que la juventud o la vejez.
Asustaban su forma de caminar, su alta y negra estatura, la mirada
inmóvil que no daba el respiro del párpado.
martes, 13 de febrero de 2018
Sordo, Mudo y Ciego
Poco después del mediodía del 28 de junio de 1924, el doctor Morchouse detuvo su automóvil ante la finca Tanner y cuatro hombres descendieron. La pétrea construcción, en perfecto estado de conservación, se alzaba cerca del camino, y, de no ser por el pantano en su parte trasera, carecería de cualquier sugestión siniestra. El blanco e inmaculado portal era visible más allá del pulcro césped, desde alguna distancia camino abajo; y mientras el grupo del doctor se acercaba, pudieron distinguir la pesada puerta abierta de par en par. Tan sólo la mosquitero estaba cerrada. La proximidad de la casa había impuesto una especie de nervioso silencio a los cuatro hombres, ya que lo que acechaba en su interior sólo podía imaginarse con difuso terror. Un terror que se vio sumamente reducido cuando los exploradores escucharon claramente el sonido de la máquina de escribir de Richitrd Blake.
Menos de una hora antes, un hombre adulto había huido de esta casa, destacado, sin chaqueta y vociferando, para desplomarse ante la puerta de su vecino más próximo, como a un kilometro, balbuciendo incoherencias sobre «casa>,, «oscuro,, ,pantano,, y «alcoba,,, El doctor Morehouse, oyendo que una criatura babeante y enloquecida había escapado de la casa del viejo Tanner por el límite del pantano, no necesitó mayores acicates para entrar en acción. Supo que algo podía suceder desde el momento en que los dos hombres ocuparon la maldita casa de piedra... el hombre que había huido y su patrón, Richard Blake, el poeta de Boston, el genio que había ido a la guerra con cada nervio y sentido alertas, para regresar en su estado actual: aún gallardo, pero medio paralítico; todavía paseando con canciones entre las visiones y sonidos de la viva fantasía, a pesar de estar cerrado para siempre al mundo físico: ¡Sordo, mudo y ciego!
Señorita Bisturí
Cuando me acercaba al extremo del arrabal, a los destellos del gas sentí que un brazo se escurría suavemente por debajo del mío, y oí una voz que al oído me decía:
—Es usted médico, ¿verdad?
Miré; era una chica alta, robusta, de ojos muy abiertos, con ligero afeite; sus cabellos flotaban al viento, como las cintas de su gorra.
—No, no soy médico. Déjeme pasar.
—Sí. Usted es médico. Lo conozco. Venga a mi casa. Quedará contento de mí. ¡Vamos!
—Sí, sí; ya iré a verla, pero más tarde, después del médico. ¡Qué diablo!
—¡Ah, ah! —dijo, sin soltar mi brazo, con una carcajada—. Es usted un médico bromista; he conocido varios por el estilo. Venga.
El Rey Peste
Los dioses sufren y autorizan muy bien entre los reyes
cosas que les horrorizan en los caminos de la canalla.
(Ferrex y Parrex, Buckhurst)
Alrededor de la medianoche, durante una noche del mes de octubre, bajo el reinado caballeresco de Eduardo III, dos marineros pertenecientes a la tripulación del Free-and-Easy, goleta de comercio que hacía el servicio entre l'Ecluse (Bélgica) y el Támesis, y que a la sazón estaba al ancla en este río, fueron muy maravillados al encontrarse sentados en la sala de una taberna de la parroquia dc San Andrés, en Londres, taberna en cuya enseña lucía el nombre del Alegre lobo de mar.
La sala, aunque mal construida, ennegrecida por el humo, baja de techo, y semejante por otra parte a todos los chamizos de aquella época, era sin embargo, en opinión de grotescos grupos de bebedores diseminados aquí y allá, lo suficientemente bien apropiada para el cometido al cual estaba destinada.De entre aquellos grupos, nuestros dos marineros formaban, creo, el más interesante e incluso el más notable. Aquel que parecía ser el de más edad, y al que su compañero llamaba con el característico nombre de Legs, era también y con mucho el más alto de los dos. Podía muy bien tener seis pies y medio y la inclinación habitual de sus hombros parecía la consecuencia obligada de una estatura tan prodigiosa. Su exceso en altura era sin embargo compensado por unas deficiencias en otros aspectos. Era excesivamente flaco y hubiera podido, tal como afirmaban sus camaradas, cuando estaba borracho, sustituir a la driza de la cabeza del mástil, y, cuando estaba sobrio, al cuchillo del foque.
Piratas
Durante muchos años el proyecto de volver a comprar alguna vez la casa había bullido en la mente de Peter Graham, pero siempre que consideraba la idea con una intención práctica se presentaban razones que se lo impedían tenazmente. En primer lugar estaba muy alejada de su trabajo, en el centro de Cornwall, y sería imposible pensar en ir sólo los fines de semana; pero si se establecía allí durante períodos más largos, ¿qué diablos haría en esa remota Tierra del Loto? Era un hombre atareado, que cuando estaba trabajando le gustaba la diversión que le proporcionaban su Club y los teatros por la tarde, que sólo se concedía pocos días de vacaciones lejos de la ciudad, y los empleaba en algún río salmonero o en campos de golf con un pequeño grupo de amigos estables y de mentalidad semejante. Considerado bajo esta perspectiva, el proyecto estaba erizado de objeciones.
Sin embargo, a lo largo de todos aquellos años que habían ido pasando de manera tan imperceptible, cuarenta de ellos ya, el deseo de volver a estar en casa, en Lescop, había persistido siempre, y de vez en cuando, si su mente consciente no se ocupaba de ello, le producía pequeños e inesperados tirones. Se daba cuenta perfectamente de que ese deseo tenía una cualidad sentimental, y a menudo se extrañaba de que precisamente él, que tan bien blindado estaba contra ese tipo de emoción en el ajetreo general de mundo, tuviera precisamente eso en su carácter. No había vuelto al lugar desde que tenía dieciséis años, pero su recuerdo era más vivo que el de cualquier otro escenario de su experiencia posterior.
Puedes Telefonear desde Aquí
A las diez y media mandó a la criada a la cama, y permaneció levantada ella sola en el piso.
«Abriré yo a mi prima —se dijo—; puede que venga tarde.»
Leyó, hizo punto, empezó una carta, atizó el fuego, y miró las fotografías de su marido que tenía sobre la chimenea; pero no paraba de mirar en torno suyo, nerviosa, yendo unas veces a la puerta a escuchar, levantando otras un canto de la persiana para asomarse sobre las farolas de North Kensington, que contendían con la oscuridad. La niebla era más espesa que nunca. Un rumor de tráfico se elevaba flotando hasta ella desde abajo.
Pero al fin sonó furioso el timbre de la puerta, y corrió a abrir a su prima, la cual había prometido pasar con ella las dos noches de ausencia de su marido, que había salido para París. Se besaron. Se pusieron a hablar las dos a la vez.
Ninfolepsia
Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.
Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.
sábado, 3 de febrero de 2018
La Música de Erich Zann
He examinado varios planos de la ciudad con suma atención, pero no he vuelto a encontrar la Rue d´Auseil. No me he limitado a manejar mapas modernos, pues sé que los nombres cambian con el paso del tiempo. Muy al contrario, me he sumergido a fondo en todas las antigüedades del lugar y he explorado en persona todos los rincones de la ciudad, cualquiera que fuese su nombre, que pudiera responder a la calle que en otro tiempo conocí como Rue d´Auseil. Pero a pesar de todos mis esfuerzos, no deja de ser una frustración que no haya podido dar con la casa, la calle o siquiera el distrito en donde, durante mis últimos meses de depauperada vida como estudiante de metafísica en la universidad, oí la música de Erich Zann.
Que me falle la memoria no me sorprende lo más mínimo, pues mi salud, tanto física como mental, se vio gravemente trastornada durante el período de mi estancia en la Rue d´Auseil y no recuerdo haber llevado allí a ninguna de mis escasas amistades. Pero que no pueda volver a encontrar el lugar resulta extraño a la vez que me deja perplejo, pues estaba a menos de media hora andando de la universidad y se distinguía por unos rasgos característicos que difícilmente podría olvidar quien hubiese pasado por allí. Lo cierto es que jamás he encontrado a nadie que haya estado en la Rue d´Auseil.
La Floración de la Extraña Orquidea
La compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá -pues ha sucedido una y otra vez- lentamente se despliegue día tras día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y puede que incluso la inmortalidad. Porque el nuevo milagro de la naturaleza puede andar necesitado de un nuevo nombre específico, y ¿cuál tan conveniente como el de su descubridor? ¡Juangarcía! Nombres peores se han puesto.
Fue quizá la esperanza de un descubrimiento feliz de ese género la que hizo a Wedderburn asistir con tanta asiduidad a esas subastas, esa esperanza y también, quizá, el hecho de que no tenía ninguna otra cosa más interesante que hacer. Era un hombre tímido, solitario, bastante ineficaz, con ingresos suficientes como para mantener alejado el aguijón de la necesidad y sin la suficiente energía nerviosa que le impulsara a buscar cualquier ocupación exigente. Podía haber coleccionado sellos, monedas o traducido a Horacio o encuadernado libros o descubierto alguna nueva especie de diatomeas. Pero de hecho cultivaba orquídeas y disponía de un pequeño pero ambicioso invernadero.
La Compañera de Juego
Laura Halyard se preguntó si se acostumbraría alguna vez al encanto de su nuevo hogar. Aún sentía la necesidad de restregarse los ojos cada vez que miraba aquella casa de ensueño. Comparados con el estruendo y la luminosidad de Nueva York, la suave belleza y el verde silencio de Lichen Hall se le aparecían a la nueva dueña como un hechizo. Hacía sólo un año que, tras la desaparición de su hermano mayor, muerto sin hijos, su esposo, Claud Halyard, había heredado la propiedad. Desde su matrimonio, los negocios habían mantenido a Claud en América; así pues, Laura nunca se encontró con su pobre y paralizado cuñado. Sin embargo, pensó en él a menudo a causa de la profunda impresión que produjo en su imaginación su trágica historia: la pérdida precoz de su adorada esposa, el accidente que le convirtió en un lisiado sin esperanzas y finalmente la horrible tragedia de su única hija de diez años, muerta en el incendio que, doce años antes, destruyó un ala de Lichen Hall.
La casa había sido restaurada tan hábilmente que resultaba difícil creer que se hubiera producido aquel incendio fatal, y, al principio, su nueva dueña se sintió tan cautivada por aquella atmósfera de paz que le resultó casi imposible asociar el lugar con algo tan terrible como la muerte de aquella pobre niña. ¿Podría haber ocurrido allí algo así y tan sólo doce años antes?
La Bestia
Entré, esquivando el chaparrón que barría la calle, y crucé una mirada y una sonrisa con miss Blanck, en el bar de Las Tres Cornejas. Se efectuó aquel cruce con estricto decoro. Asusta pensar que miss Blanck, si vive todavía, habrá ya traspuesto los sesenta. ¡Cómo vuela el tiempo! Al verme mirar caviloso hacia el tabique de madera barnizada y hacia los cristales, miss Blanck fue tan amable que me dijo, animándome:
–En el salón sólo están míster Jermyn y míster Stonor, y otro señor a quien nunca he visto.
Me dirigí hacia la puerta. Una voz que peroraba del otro lado –el tabique era de tablas ensambladas se elevó tanto, que las palabras finales se oyeron perfectamente claras, en todo su horror:
–Ese sujeto, Wilmot, la estrelló materialmen te los sesos, ¡y bien hecho que estuvo!
Aquella declaración inhumana ni siquiera logró –puesto que no había en ella nada que fuera blasfemo ni indecoroso– contener el ligero bostezo que miss Blanck trataba de ocultar con la mano. Y se quedó abstraída, mirando a las vidrieras por las que se deslizaba la lluvia. Cuando abrí la puerta del salón la voz prosiguió con la misma entonación cruel:
–Me alegré al oír que, por fin, alguien había acabado con ella. Lo sentí mucho, sin embargo, por el pobre Wilmot. El infeliz y yo fui mos compinches en un tiempo. Por supuesto que aquello fue su fin. Era un caso claro como hay pocos. No había salida posible. Absolutamente ninguna»
El Sabueso
En mis lacerados oídos palpitan incesantemente un chillido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano, como el de un descomunal sabueso. No es un sueño... y temo que tampoco sea locura, ya que son muchos los hechos que me han acaecido para que pueda permitirme esas piadosas dudas.
St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la naturaleza de mi conocimiento es tal que estoy a punto de volarme la cabeza por terror a ser destrozado de la misma manera. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía se pasea Némesis, la diosa de la venganza negra, que me incita a la aniquilación.
¡Que el cielo perdone la demencia y la morbosidad atraída por la nefasta suerte! Hartos de los temas de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su color, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían erradicar nuestro tedioso aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en cansarnos, hasta que no quedó otro camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras personales. Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.
Relatos que he Intentado Escribir
No tengo ni mucha experiencia ni mucha perseverancia para escribir cuentos —me refiero exclusivamente a los de fantasmas, porque de los otros no intentado escribir jamás—, y a veces me he entretenido pensando en los temas que se me han ocurrido de cuando en cuando, sin haberlos concretado nunca como es debido. Como es debido, jamás; aunque en realidad llegué a escribir algunos, y ahora duermen en un cajón.
Como solía decir con frecuencia sir Walter Scott, «no me atrevo a leerlos de nuevo». No son buenos. Sin embargo, algunos contenían ideas que se negaban a aflorar en los ambientes que yo había ideado para ellos, aunque puede que surgieran bajo otras formas en los cuentos que he llegado a dar a la imprenta. Permítaseme recordarlos aquí, por si alguien puede aprovecharlos (por así decir).
Y Ningún Pájaro Canta
Las chimeneas rojas de la casa a la que me dirigía eran visibles desde el exterior de la estación en la que me había apeado, y según me dijo el chófer la distancia no llegaba a un paseo de dos kilómetros si se tomaba un sendero por entre los campos. Iba en línea recta hasta llegar a la linde de un bosque que pertenecía a mi anfitrión y por encima del cual se veían las chimeneas. Encontraría una puerta en la valla que rodeaba el bosque, desde la que salía un camino que lo atravesaba y desembocaba cerca del jardín. Por eso, en aquella adorable primera hora de la tarde de un día de principios de mayo, me pareció una pérdida de tiempo hacer otra cosa que no fuera pasear cruzando prados y bosques, y partí a pie mientras el vehículo llevaba mi equipaje.
Era uno de esos días dorados que ocasionalmente se salen del paraíso y caen sobre la tierra. La primavera había llegado tarde, pero ahora había explotado y el mundo entero hervía con la sabia de la vida. Jamás había visto tal riqueza de flores primaverales, ni tal fuerza del verde, ni había escuchado cantos tan melodiosos de los pájaros que había en los setos; ese paseo por los prados fue un jubileo de éxtasis festivo. Y lo mejor de todo, me prometía a mí mismo, sería cruzar el bosque que tenía delante y que hacía poco que se había cubierto de un verde lechoso. Encontré la puerta delante de mí y al cruzarla entré en el moteado de sombras y luces del camino cubierto de hierba.
Un Horror Tropical
Estamos a ciento treinta días de Melbourne, y durante tres semanas hemos tenido calma chicha. Es medianoche, y hasta la guardia en cubierta, que será a las cuatro de la madrugada, voy a sentarme en la escotilla. Un momento más tarde, Joky, nuestro grumete, viene a charlar conmigo. Son muchas las horas que permanecemos sentados, conversando durante las vigilancias nocturnas. Aunque, a decir verdad, es Joky el que habla. Yo me contento con fumar y escucharle, gruñendo de cuando en cuando para demostrarle mi atención.
Joky lleva algún tiempo callado, con la cabeza inclinada, en honda meditación. De pronto, la levanta. con la evidente intención de hacer alguna observación. Pero al momento veo cómo su rostro se desencaja en una horrible mueca de espanto. Se echa hacia atrás, con los ojos mirando al vacío. Luego, abre la boca. Prorrumpe en unos sonidos inarticulados y cae de la escotilla, golpeándose la cabeza contra el suelo de cubierta. Intentando averiguar el motivo, vuelvo la cabeza. ¡Dios mío! Elevándose por encima de las planchas del barco, distingo claramente a la luz de la luna una inmensa boca a una braza de distancia. De sus gruesos labios surgen unos tentáculos.
Entonces, la Cosa se acerca más al barco. Cada vez aparece más alto, más alto, más horrible. No tiene ojos visibles; sólo aquella boca, encima de un cuello semejante al tronco de un arbol. Y ese cuello, mientras to contemplo fascinado, se curva hacia dentro con la celeridad de una enorme anguila. Luego, se convierte en una serie de pliegues y arrugas. ¿No acabará nunca? El barco sufre una tremenda sacudida par estribor al sentir el peso del monstruo. Luego, la masa ancha y aplastada, sin forma, se desliza por encima de la borda y cae en cubierta con un choque sordo. Durante unos segundos, el horrible animal yace como un montón de cordajes babeantes.
sábado, 27 de enero de 2018
El Cuento del Padre Meuron
El padre Meuron estuvo voluble durante la cena del sábado. Exclamaba; hacía ademanes; sus ojos negros centelleaban sobre sus mejillas. Nunca había visto sus cabellos tan erizados. Estaba sentado en el lugar más alejado de la mesa, que tenía forma de herradura, y pude, sin temor de ser oído, hacer notar su regocijo al sacerdote inglés que estaba a mi lado. El padre Brent sonrió.
—Está ebrio de gloire —dijo—. A él le toca referir un cuento esta noche.
Eso lo explicaba todo. Sin embargó, yo no tenía gran interés en oír su relato. Abrigaba la convicción de que estaría lleno de oropel y de doncellas que se desmayaban y terminaban sus días en un convento, bajo la dirección espiritual del padre Meuron. Cuando él ascendió a la tribuna, busqué un rincón penumbroso, un tanto apartado del semicírculo, donde podría quedarme dormido sin provocar comentarios. Pero la narración me tomó desprevenido.
Guando ocupamos nuestros sitios, y la pipa de Monseñor estuvo encendida, y el propio Monseñor estirado en su silla plegadiza, el francés comenzó su historia. La relató en su propio idioma, pero trataré de darles una versión tan fiel como sea posible.
—Mi contribución a la serie de relatos —comenzó, sentado en el sillón de respaldo recto, en el centro del círculo—, es una historia de exorcismo. He aquí una cuestión con la que no estamos muy familiarizados actualmente los que vivimos en Europa. Diríase que la gracia tiene cierta facultad, acumulada en el transcurso de los siglos, de saturar con su fuerza aun a los objetos del mundo físico. Aun en mi país, en este momento, a pesar de la apostasía que se ha extendido ampliamente y del culto de Satanás, la gracia palpita en el aire; y en efecto, rara vez sucede que un sacerdote tenga que lidiar con un caso de posesión demoníaca.
Corazón Delator
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría...
Cruz de Fuego
¡Vaya chaparrón! ¿Es que no va a dejar de llover? Tengo las ropas
empapadas y los miembros ateridos. Por lo menos ya no truena ni
relampaguea. Es extraño. Desde que me he despertado no he visto un solo
relámpago. Creo que caían rayos. No puedo recordar nada con claridad,
pero estoy seguro de que había como una horquilla de luz en el cielo.
No, no era eso; era como una cruz.
Es ridículo, por supuesto. Los relámpagos no pueden formar una cruz. Tal
vez fue un sueño que tuve mientras yacía tumbado en el fango. Tampoco
recuerdo cómo llegué allí. Tal vez me tendieron una emboscada para
robarme y me dejaron allí hasta que la lluvia me hizo recobrar el
sentido. Pero no me duele la cabeza, sino la espalda: es un dolor agudo y
punzante en el hombro. No, no pueden haberme robado; todavía conservo
mi anillo y el dinero que llevaba en el bolsillo.
Quisiera recordar lo que ha sucedido, pero mi cabeza se niega a pensar.
Una parte de ella no desea recordar; ¿por qué razón? Allí... No; ha
desaparecido otra vez. Tiene que haber sido otro sueño; tiene que
haberlo sido. ¡Qué horror!
Ahora debo protegerme de la lluvia. Cuando llegue a casa encenderé un
buen fuego y dejaré de pensar hasta que mi mente haya descansado. Ah, ya
sé dónde cae mi casa. Puede que no sea tan horrible si sé eso...
Ya está. He encendido un buen fuego y he puesto mis ropas a secar. Tenía
razón; esta es mi casa. Y yo soy Karl Hahrhöffer. Mañana preguntaré en
el pueblo cómo llegué aquí. Los habitantes de Altdorf son amigos míos.
¡Altdorf! Cuando no intento pensar. algunas cosas vuelven a mi mente.
Sí, mañana iré al pueblo. De todos modos, necesito comida y en la casa
no hay provisiones.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



















