Inconcebiblemente espantoso era el cambio que se había operado en
Crawford Tillinghast, mi mejor amigo. No le había visto desde el día
—dos meses y medio antes— en que me Contó hacia dónde se orientaban sus
investigaciones físicas y matemáticas. Cuando respondió a mis temerosas y
casi asustadas reconvenciones echándome de su laboratorio y de su casa
en una explosión de fanática ira, supe que en adelante permanecería la
mayor parte de su tiempo encerrado en el laboratorio del ático, con
aquella maldita máquina eléctrica, comiendo poco y prohibiendo la
entrada incluso a los criados; pero no creí que un breve período de diez
semanas pudiera alterar de ese modo a una criatura humana. No es
agradable ver a un hombre fornido quedarse flaco de repente, y menos aún
cuando se le vuelven amarillentas o grises las bolsas de la piel, se le
hunden los ojos, se le ponen ojerosos y extrañamente relucientes, se le
arruga la frente y se le cubre de venas, y le tiemblan y se le crispan
las manos. Y si a eso se añade una repugnante falta de aseo, un completo
desaliño en la ropa, una negra pelambrera que comienza a encanecer por
la raíz, y una barba blanca crecida en un rostro en otro tiempo
afeitado, el efecto general resulta horroroso. Pero ese era el aspecto
de Crawford Tillinghast la noche en que su casi incoherente mensaje me
llevó a su puerta, después de mis semanas de exilio; ese fue el espectro
que me abrió temblando, vela en mano, y miró furtivamente por encima
del hombro como temeroso de los seres invisibles de la casa vieja y
solitaria, retirada de la línea de edificios que formaban Benevolent
Street.
lunes, 9 de abril de 2018
Deja a los Muertos en Paz
Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa
Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el
espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de
monstruos. Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los
árboles helados, reclinando la cabeza sobre la lápida de su esposa.
Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.
Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:
—¿Dormirás eternamente?
Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a aquella en que Walter lloraba y le preguntó:
—¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas descansar.
Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.
Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:
—¿Dormirás eternamente?
Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a aquella en que Walter lloraba y le preguntó:
—¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas descansar.
Nosferatu
Obviamente, se acostó al amanecer. Antes, se había acercado a la ventana
que carecía de vidrios, cubiertos de polvo los bastidores de madera, y
había mirado hacia abajo con sus ojos sin párpados. La oscuridad se
diluía suavemente, vencida por la luz. Pasó un ómnibus colmado de
obreros, cruzaron dos o tres coches con los focos todavía encendidos.
Nosferatu acarició el polvo de la ventana con sus largos dedos de uñas
crecidas y el polvo permaneció quieto. Miró de nuevo hacia afuera y
suspiró: podía dormir en paz. Ningún movimiento extraño lo amenazaba.
Se acostó vestido sobre el suelo lleno de tierra y no se despertó hasta
el anochecer. Durmió de un tirón, sin sueños, y la oscuridad lo despertó
como despierta la luz. Debía salir, la calle entrañaba un peligro pero
en la calle encontraba su sustento. No podía recorrerla como si fuera
otro, con un cuerpo sin más historia que la juventud o la vejez.
Asustaban su forma de caminar, su alta y negra estatura, la mirada
inmóvil que no daba el respiro del párpado.
martes, 13 de febrero de 2018
Sordo, Mudo y Ciego
Poco después del mediodía del 28 de junio de 1924, el doctor Morchouse detuvo su automóvil ante la finca Tanner y cuatro hombres descendieron. La pétrea construcción, en perfecto estado de conservación, se alzaba cerca del camino, y, de no ser por el pantano en su parte trasera, carecería de cualquier sugestión siniestra. El blanco e inmaculado portal era visible más allá del pulcro césped, desde alguna distancia camino abajo; y mientras el grupo del doctor se acercaba, pudieron distinguir la pesada puerta abierta de par en par. Tan sólo la mosquitero estaba cerrada. La proximidad de la casa había impuesto una especie de nervioso silencio a los cuatro hombres, ya que lo que acechaba en su interior sólo podía imaginarse con difuso terror. Un terror que se vio sumamente reducido cuando los exploradores escucharon claramente el sonido de la máquina de escribir de Richitrd Blake.
Menos de una hora antes, un hombre adulto había huido de esta casa, destacado, sin chaqueta y vociferando, para desplomarse ante la puerta de su vecino más próximo, como a un kilometro, balbuciendo incoherencias sobre «casa>,, «oscuro,, ,pantano,, y «alcoba,,, El doctor Morehouse, oyendo que una criatura babeante y enloquecida había escapado de la casa del viejo Tanner por el límite del pantano, no necesitó mayores acicates para entrar en acción. Supo que algo podía suceder desde el momento en que los dos hombres ocuparon la maldita casa de piedra... el hombre que había huido y su patrón, Richard Blake, el poeta de Boston, el genio que había ido a la guerra con cada nervio y sentido alertas, para regresar en su estado actual: aún gallardo, pero medio paralítico; todavía paseando con canciones entre las visiones y sonidos de la viva fantasía, a pesar de estar cerrado para siempre al mundo físico: ¡Sordo, mudo y ciego!
Señorita Bisturí
Cuando me acercaba al extremo del arrabal, a los destellos del gas sentí que un brazo se escurría suavemente por debajo del mío, y oí una voz que al oído me decía:
—Es usted médico, ¿verdad?
Miré; era una chica alta, robusta, de ojos muy abiertos, con ligero afeite; sus cabellos flotaban al viento, como las cintas de su gorra.
—No, no soy médico. Déjeme pasar.
—Sí. Usted es médico. Lo conozco. Venga a mi casa. Quedará contento de mí. ¡Vamos!
—Sí, sí; ya iré a verla, pero más tarde, después del médico. ¡Qué diablo!
—¡Ah, ah! —dijo, sin soltar mi brazo, con una carcajada—. Es usted un médico bromista; he conocido varios por el estilo. Venga.
El Rey Peste
Los dioses sufren y autorizan muy bien entre los reyes
cosas que les horrorizan en los caminos de la canalla.
(Ferrex y Parrex, Buckhurst)
Alrededor de la medianoche, durante una noche del mes de octubre, bajo el reinado caballeresco de Eduardo III, dos marineros pertenecientes a la tripulación del Free-and-Easy, goleta de comercio que hacía el servicio entre l'Ecluse (Bélgica) y el Támesis, y que a la sazón estaba al ancla en este río, fueron muy maravillados al encontrarse sentados en la sala de una taberna de la parroquia dc San Andrés, en Londres, taberna en cuya enseña lucía el nombre del Alegre lobo de mar.
La sala, aunque mal construida, ennegrecida por el humo, baja de techo, y semejante por otra parte a todos los chamizos de aquella época, era sin embargo, en opinión de grotescos grupos de bebedores diseminados aquí y allá, lo suficientemente bien apropiada para el cometido al cual estaba destinada.De entre aquellos grupos, nuestros dos marineros formaban, creo, el más interesante e incluso el más notable. Aquel que parecía ser el de más edad, y al que su compañero llamaba con el característico nombre de Legs, era también y con mucho el más alto de los dos. Podía muy bien tener seis pies y medio y la inclinación habitual de sus hombros parecía la consecuencia obligada de una estatura tan prodigiosa. Su exceso en altura era sin embargo compensado por unas deficiencias en otros aspectos. Era excesivamente flaco y hubiera podido, tal como afirmaban sus camaradas, cuando estaba borracho, sustituir a la driza de la cabeza del mástil, y, cuando estaba sobrio, al cuchillo del foque.
Piratas
Durante muchos años el proyecto de volver a comprar alguna vez la casa había bullido en la mente de Peter Graham, pero siempre que consideraba la idea con una intención práctica se presentaban razones que se lo impedían tenazmente. En primer lugar estaba muy alejada de su trabajo, en el centro de Cornwall, y sería imposible pensar en ir sólo los fines de semana; pero si se establecía allí durante períodos más largos, ¿qué diablos haría en esa remota Tierra del Loto? Era un hombre atareado, que cuando estaba trabajando le gustaba la diversión que le proporcionaban su Club y los teatros por la tarde, que sólo se concedía pocos días de vacaciones lejos de la ciudad, y los empleaba en algún río salmonero o en campos de golf con un pequeño grupo de amigos estables y de mentalidad semejante. Considerado bajo esta perspectiva, el proyecto estaba erizado de objeciones.
Sin embargo, a lo largo de todos aquellos años que habían ido pasando de manera tan imperceptible, cuarenta de ellos ya, el deseo de volver a estar en casa, en Lescop, había persistido siempre, y de vez en cuando, si su mente consciente no se ocupaba de ello, le producía pequeños e inesperados tirones. Se daba cuenta perfectamente de que ese deseo tenía una cualidad sentimental, y a menudo se extrañaba de que precisamente él, que tan bien blindado estaba contra ese tipo de emoción en el ajetreo general de mundo, tuviera precisamente eso en su carácter. No había vuelto al lugar desde que tenía dieciséis años, pero su recuerdo era más vivo que el de cualquier otro escenario de su experiencia posterior.
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A las diez y media mandó a la criada a la cama, y permaneció levantada ella sola en el piso.
«Abriré yo a mi prima —se dijo—; puede que venga tarde.»
Leyó, hizo punto, empezó una carta, atizó el fuego, y miró las fotografías de su marido que tenía sobre la chimenea; pero no paraba de mirar en torno suyo, nerviosa, yendo unas veces a la puerta a escuchar, levantando otras un canto de la persiana para asomarse sobre las farolas de North Kensington, que contendían con la oscuridad. La niebla era más espesa que nunca. Un rumor de tráfico se elevaba flotando hasta ella desde abajo.
Pero al fin sonó furioso el timbre de la puerta, y corrió a abrir a su prima, la cual había prometido pasar con ella las dos noches de ausencia de su marido, que había salido para París. Se besaron. Se pusieron a hablar las dos a la vez.
Ninfolepsia
Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.
Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.
sábado, 3 de febrero de 2018
La Música de Erich Zann
He examinado varios planos de la ciudad con suma atención, pero no he vuelto a encontrar la Rue d´Auseil. No me he limitado a manejar mapas modernos, pues sé que los nombres cambian con el paso del tiempo. Muy al contrario, me he sumergido a fondo en todas las antigüedades del lugar y he explorado en persona todos los rincones de la ciudad, cualquiera que fuese su nombre, que pudiera responder a la calle que en otro tiempo conocí como Rue d´Auseil. Pero a pesar de todos mis esfuerzos, no deja de ser una frustración que no haya podido dar con la casa, la calle o siquiera el distrito en donde, durante mis últimos meses de depauperada vida como estudiante de metafísica en la universidad, oí la música de Erich Zann.
Que me falle la memoria no me sorprende lo más mínimo, pues mi salud, tanto física como mental, se vio gravemente trastornada durante el período de mi estancia en la Rue d´Auseil y no recuerdo haber llevado allí a ninguna de mis escasas amistades. Pero que no pueda volver a encontrar el lugar resulta extraño a la vez que me deja perplejo, pues estaba a menos de media hora andando de la universidad y se distinguía por unos rasgos característicos que difícilmente podría olvidar quien hubiese pasado por allí. Lo cierto es que jamás he encontrado a nadie que haya estado en la Rue d´Auseil.
La Floración de la Extraña Orquidea
La compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá -pues ha sucedido una y otra vez- lentamente se despliegue día tras día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y puede que incluso la inmortalidad. Porque el nuevo milagro de la naturaleza puede andar necesitado de un nuevo nombre específico, y ¿cuál tan conveniente como el de su descubridor? ¡Juangarcía! Nombres peores se han puesto.
Fue quizá la esperanza de un descubrimiento feliz de ese género la que hizo a Wedderburn asistir con tanta asiduidad a esas subastas, esa esperanza y también, quizá, el hecho de que no tenía ninguna otra cosa más interesante que hacer. Era un hombre tímido, solitario, bastante ineficaz, con ingresos suficientes como para mantener alejado el aguijón de la necesidad y sin la suficiente energía nerviosa que le impulsara a buscar cualquier ocupación exigente. Podía haber coleccionado sellos, monedas o traducido a Horacio o encuadernado libros o descubierto alguna nueva especie de diatomeas. Pero de hecho cultivaba orquídeas y disponía de un pequeño pero ambicioso invernadero.
La Compañera de Juego
Laura Halyard se preguntó si se acostumbraría alguna vez al encanto de su nuevo hogar. Aún sentía la necesidad de restregarse los ojos cada vez que miraba aquella casa de ensueño. Comparados con el estruendo y la luminosidad de Nueva York, la suave belleza y el verde silencio de Lichen Hall se le aparecían a la nueva dueña como un hechizo. Hacía sólo un año que, tras la desaparición de su hermano mayor, muerto sin hijos, su esposo, Claud Halyard, había heredado la propiedad. Desde su matrimonio, los negocios habían mantenido a Claud en América; así pues, Laura nunca se encontró con su pobre y paralizado cuñado. Sin embargo, pensó en él a menudo a causa de la profunda impresión que produjo en su imaginación su trágica historia: la pérdida precoz de su adorada esposa, el accidente que le convirtió en un lisiado sin esperanzas y finalmente la horrible tragedia de su única hija de diez años, muerta en el incendio que, doce años antes, destruyó un ala de Lichen Hall.
La casa había sido restaurada tan hábilmente que resultaba difícil creer que se hubiera producido aquel incendio fatal, y, al principio, su nueva dueña se sintió tan cautivada por aquella atmósfera de paz que le resultó casi imposible asociar el lugar con algo tan terrible como la muerte de aquella pobre niña. ¿Podría haber ocurrido allí algo así y tan sólo doce años antes?
La Bestia
Entré, esquivando el chaparrón que barría la calle, y crucé una mirada y una sonrisa con miss Blanck, en el bar de Las Tres Cornejas. Se efectuó aquel cruce con estricto decoro. Asusta pensar que miss Blanck, si vive todavía, habrá ya traspuesto los sesenta. ¡Cómo vuela el tiempo! Al verme mirar caviloso hacia el tabique de madera barnizada y hacia los cristales, miss Blanck fue tan amable que me dijo, animándome:
–En el salón sólo están míster Jermyn y míster Stonor, y otro señor a quien nunca he visto.
Me dirigí hacia la puerta. Una voz que peroraba del otro lado –el tabique era de tablas ensambladas se elevó tanto, que las palabras finales se oyeron perfectamente claras, en todo su horror:
–Ese sujeto, Wilmot, la estrelló materialmen te los sesos, ¡y bien hecho que estuvo!
Aquella declaración inhumana ni siquiera logró –puesto que no había en ella nada que fuera blasfemo ni indecoroso– contener el ligero bostezo que miss Blanck trataba de ocultar con la mano. Y se quedó abstraída, mirando a las vidrieras por las que se deslizaba la lluvia. Cuando abrí la puerta del salón la voz prosiguió con la misma entonación cruel:
–Me alegré al oír que, por fin, alguien había acabado con ella. Lo sentí mucho, sin embargo, por el pobre Wilmot. El infeliz y yo fui mos compinches en un tiempo. Por supuesto que aquello fue su fin. Era un caso claro como hay pocos. No había salida posible. Absolutamente ninguna»
El Sabueso
En mis lacerados oídos palpitan incesantemente un chillido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano, como el de un descomunal sabueso. No es un sueño... y temo que tampoco sea locura, ya que son muchos los hechos que me han acaecido para que pueda permitirme esas piadosas dudas.
St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la naturaleza de mi conocimiento es tal que estoy a punto de volarme la cabeza por terror a ser destrozado de la misma manera. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía se pasea Némesis, la diosa de la venganza negra, que me incita a la aniquilación.
¡Que el cielo perdone la demencia y la morbosidad atraída por la nefasta suerte! Hartos de los temas de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su color, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían erradicar nuestro tedioso aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en cansarnos, hasta que no quedó otro camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras personales. Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.
Relatos que he Intentado Escribir
No tengo ni mucha experiencia ni mucha perseverancia para escribir cuentos —me refiero exclusivamente a los de fantasmas, porque de los otros no intentado escribir jamás—, y a veces me he entretenido pensando en los temas que se me han ocurrido de cuando en cuando, sin haberlos concretado nunca como es debido. Como es debido, jamás; aunque en realidad llegué a escribir algunos, y ahora duermen en un cajón.
Como solía decir con frecuencia sir Walter Scott, «no me atrevo a leerlos de nuevo». No son buenos. Sin embargo, algunos contenían ideas que se negaban a aflorar en los ambientes que yo había ideado para ellos, aunque puede que surgieran bajo otras formas en los cuentos que he llegado a dar a la imprenta. Permítaseme recordarlos aquí, por si alguien puede aprovecharlos (por así decir).
William Wilson
¿Qué dices de ella?
¿Qué dices de la conciencia torva,
ese espectro en mi sendero?
(Chamberlayne, Pharronida)
¿Qué dices de la conciencia torva,
ese espectro en mi sendero?
(Chamberlayne, Pharronida)
Permitan que, por el momento, me presente como William Wilson. La página inmaculada que tengo ante mí no debe mancillarse con mi verdadero nombre. Éste ya ha sido el exagerado objeto del escarnio, horror y odio de mi estirpe. ¿Los vientos indignados, no han esparcido su incomparable infamia por las regiones más distantes del globo? ¡Oh, paria, el más abandonado de todos los exiliados! ¿No estás definitivamente muerto para la tierra? ¿No estás muerto para sus honores, para sus flores, para sus doradas ambiciones? Y una nube densa, lúgubre, limitada, ¿no flota eternamente entre tus esperanzas y el cielo?
Aunque pudiese, no quisiera registrar hoy, ni aquí, la narración de mis últimos años de indecible desdicha y de crimen imperdonable. Esa época (esos años recientes) llegaron súbitamente al cénit de la depravación, cuyo origen es lo único que en el presente me propongo señalar. Por lo común, los hombres caen gradualmente en la vileza. En mi caso, en un sólo instante, toda virtud se desprendió de mi cuerpo como si fuera un sudario. De una maldad comparativamente trivial pasé, con el paso de un gigante, a enormidades peores que las de un Heliogábalo.
Acompáñenme en el relato de la oportunidad, del único acontecimiento que provocó una maldad semejante. La muerte se acerca, y la sombra que la precede ha ejercido un influjo tranquilizador sobre mi espíritu. Al atravesar el valle de las penumbras, anhelo la comprensión —casi dije la piedad— de mis semejantes. Desearía que creyeran que, en cierta medida, he sido esclavo de circunstancias que exceden el control humano. Desearía que, en los detalles que daré, buscaran algún pequeño oasis de fatalidad en un páramo de errores. Desearía que admitieran —y no pueden menos que hacerlo— que aunque hayan existido tentaciones igualmente grandes, el hombre no ha sido jamás así tentado y, sin duda, jamás así cayó. ¿Será por eso que nunca sufrió de esta manera? En realidad, ¿no habré vivido en un sueño? ¿No me muero ahora víctima del horror y del misterio de las más enloquecidas visiones sublunares?
Y Ningún Pájaro Canta
Las chimeneas rojas de la casa a la que me dirigía eran visibles desde el exterior de la estación en la que me había apeado, y según me dijo el chófer la distancia no llegaba a un paseo de dos kilómetros si se tomaba un sendero por entre los campos. Iba en línea recta hasta llegar a la linde de un bosque que pertenecía a mi anfitrión y por encima del cual se veían las chimeneas. Encontraría una puerta en la valla que rodeaba el bosque, desde la que salía un camino que lo atravesaba y desembocaba cerca del jardín. Por eso, en aquella adorable primera hora de la tarde de un día de principios de mayo, me pareció una pérdida de tiempo hacer otra cosa que no fuera pasear cruzando prados y bosques, y partí a pie mientras el vehículo llevaba mi equipaje.
Era uno de esos días dorados que ocasionalmente se salen del paraíso y caen sobre la tierra. La primavera había llegado tarde, pero ahora había explotado y el mundo entero hervía con la sabia de la vida. Jamás había visto tal riqueza de flores primaverales, ni tal fuerza del verde, ni había escuchado cantos tan melodiosos de los pájaros que había en los setos; ese paseo por los prados fue un jubileo de éxtasis festivo. Y lo mejor de todo, me prometía a mí mismo, sería cruzar el bosque que tenía delante y que hacía poco que se había cubierto de un verde lechoso. Encontré la puerta delante de mí y al cruzarla entré en el moteado de sombras y luces del camino cubierto de hierba.
Veneno
El correo tardaba. Cuando volvimos de nuestro paseo después del desayuno, aún no había llegado.
—Pas encore, madame —canto Annette, escabulléndose hacia la cocina.
Llevamos nuestras cosas al comedor. La mesa estaba servida. Como siempre, la vista de la mesa arreglada para dos, sólo para dos, tan acabada, tan perfecta, que no dejaba lugar para un tercero, me producía un extraño estremecimiento, como si hubiese sido golpeado por aquel resplandor plateado que vibraba sobre el mantel blanco, las copas brillantes y el tazón poco profundo lleno de flores amarillas.
—¡Dichoso cartero! ¿Qué puede haberle ocurrido? —exclamó Beatrice— Deja estas cosas por ahí, querido.
—¿Dónde las quieres?
Ella Levantó la cabeza y sonriéndome con su modo suave y burlón, dijo:
—Tonto. En cualquier sitio.
Pero sabía que tal lugar no existía para ella, y habría preferido quedarme durante meses sosteniendo la botella de licor y los pasteles, antes que arriesgarme a producir el más ligero sobresalto a su exquisito sentido del orden.
—Dámelos, yo los guardaré —Los dejó caer sobre la mesa, junto con sus guantes largos y una canasta de higos- me asió por el brazo—. Salgamos a la terraza.
Un Horror Tropical
Estamos a ciento treinta días de Melbourne, y durante tres semanas hemos tenido calma chicha. Es medianoche, y hasta la guardia en cubierta, que será a las cuatro de la madrugada, voy a sentarme en la escotilla. Un momento más tarde, Joky, nuestro grumete, viene a charlar conmigo. Son muchas las horas que permanecemos sentados, conversando durante las vigilancias nocturnas. Aunque, a decir verdad, es Joky el que habla. Yo me contento con fumar y escucharle, gruñendo de cuando en cuando para demostrarle mi atención.
Joky lleva algún tiempo callado, con la cabeza inclinada, en honda meditación. De pronto, la levanta. con la evidente intención de hacer alguna observación. Pero al momento veo cómo su rostro se desencaja en una horrible mueca de espanto. Se echa hacia atrás, con los ojos mirando al vacío. Luego, abre la boca. Prorrumpe en unos sonidos inarticulados y cae de la escotilla, golpeándose la cabeza contra el suelo de cubierta. Intentando averiguar el motivo, vuelvo la cabeza. ¡Dios mío! Elevándose por encima de las planchas del barco, distingo claramente a la luz de la luna una inmensa boca a una braza de distancia. De sus gruesos labios surgen unos tentáculos.
Entonces, la Cosa se acerca más al barco. Cada vez aparece más alto, más alto, más horrible. No tiene ojos visibles; sólo aquella boca, encima de un cuello semejante al tronco de un arbol. Y ese cuello, mientras to contemplo fascinado, se curva hacia dentro con la celeridad de una enorme anguila. Luego, se convierte en una serie de pliegues y arrugas. ¿No acabará nunca? El barco sufre una tremenda sacudida par estribor al sentir el peso del monstruo. Luego, la masa ancha y aplastada, sin forma, se desliza por encima de la borda y cae en cubierta con un choque sordo. Durante unos segundos, el horrible animal yace como un montón de cordajes babeantes.
sábado, 27 de enero de 2018
El Cuento del Padre Meuron
El padre Meuron estuvo voluble durante la cena del sábado. Exclamaba; hacía ademanes; sus ojos negros centelleaban sobre sus mejillas. Nunca había visto sus cabellos tan erizados. Estaba sentado en el lugar más alejado de la mesa, que tenía forma de herradura, y pude, sin temor de ser oído, hacer notar su regocijo al sacerdote inglés que estaba a mi lado. El padre Brent sonrió.
—Está ebrio de gloire —dijo—. A él le toca referir un cuento esta noche.
Eso lo explicaba todo. Sin embargó, yo no tenía gran interés en oír su relato. Abrigaba la convicción de que estaría lleno de oropel y de doncellas que se desmayaban y terminaban sus días en un convento, bajo la dirección espiritual del padre Meuron. Cuando él ascendió a la tribuna, busqué un rincón penumbroso, un tanto apartado del semicírculo, donde podría quedarme dormido sin provocar comentarios. Pero la narración me tomó desprevenido.
Guando ocupamos nuestros sitios, y la pipa de Monseñor estuvo encendida, y el propio Monseñor estirado en su silla plegadiza, el francés comenzó su historia. La relató en su propio idioma, pero trataré de darles una versión tan fiel como sea posible.
—Mi contribución a la serie de relatos —comenzó, sentado en el sillón de respaldo recto, en el centro del círculo—, es una historia de exorcismo. He aquí una cuestión con la que no estamos muy familiarizados actualmente los que vivimos en Europa. Diríase que la gracia tiene cierta facultad, acumulada en el transcurso de los siglos, de saturar con su fuerza aun a los objetos del mundo físico. Aun en mi país, en este momento, a pesar de la apostasía que se ha extendido ampliamente y del culto de Satanás, la gracia palpita en el aire; y en efecto, rara vez sucede que un sacerdote tenga que lidiar con un caso de posesión demoníaca.
Corazón Delator
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría...
Cruz de Fuego
¡Vaya chaparrón! ¿Es que no va a dejar de llover? Tengo las ropas
empapadas y los miembros ateridos. Por lo menos ya no truena ni
relampaguea. Es extraño. Desde que me he despertado no he visto un solo
relámpago. Creo que caían rayos. No puedo recordar nada con claridad,
pero estoy seguro de que había como una horquilla de luz en el cielo.
No, no era eso; era como una cruz.
Es ridículo, por supuesto. Los relámpagos no pueden formar una cruz. Tal
vez fue un sueño que tuve mientras yacía tumbado en el fango. Tampoco
recuerdo cómo llegué allí. Tal vez me tendieron una emboscada para
robarme y me dejaron allí hasta que la lluvia me hizo recobrar el
sentido. Pero no me duele la cabeza, sino la espalda: es un dolor agudo y
punzante en el hombro. No, no pueden haberme robado; todavía conservo
mi anillo y el dinero que llevaba en el bolsillo.
Quisiera recordar lo que ha sucedido, pero mi cabeza se niega a pensar.
Una parte de ella no desea recordar; ¿por qué razón? Allí... No; ha
desaparecido otra vez. Tiene que haber sido otro sueño; tiene que
haberlo sido. ¡Qué horror!
Ahora debo protegerme de la lluvia. Cuando llegue a casa encenderé un
buen fuego y dejaré de pensar hasta que mi mente haya descansado. Ah, ya
sé dónde cae mi casa. Puede que no sea tan horrible si sé eso...
Ya está. He encendido un buen fuego y he puesto mis ropas a secar. Tenía
razón; esta es mi casa. Y yo soy Karl Hahrhöffer. Mañana preguntaré en
el pueblo cómo llegué aquí. Los habitantes de Altdorf son amigos míos.
¡Altdorf! Cuando no intento pensar. algunas cosas vuelven a mi mente.
Sí, mañana iré al pueblo. De todos modos, necesito comida y en la casa
no hay provisiones.
Chickamauga
En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un tercero donde recibió como herencia la guerra y el poder.
Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Éste, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado contra salvajes desnudos, había seguido la bandera de su país hasta la capital de una raza civilizada en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y se paraba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error táctico, bastante frecuente, de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acaba de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.
Las Ratas en las Paredes
El 16 de julio de 1923 me mudé a Exham Priory, después de que el último obrero acabara su tarea. Los trabajos de restauración habían constituido una imponente tarea, pues de la abandonada construcción apenas si quedaba un montón de ruinas, pero por tratarse del lar de mis antepasados no escatimé en gastos. Nadie habitaba la finca desde el reinado de Jacobo I, en que una tragedia de caracteres terriblemente dramáticos, aunque en gran medida incomprensibles, se cernió sobre el cabeza de la familia, cinco de sus hijos y varios criados, y obligó a marcharse de allí, en medio de sombras de sospecha y terror, al tercer hijo, mi progenitor por línea paterna y único superviviente del infortunado baje.
Con el único heredero denunciado por asesinato, la propiedad volvió a manos de la corona, sin que el acusado hiciera el menor intento por excusarse o recuperar la heredad. Trastornado por un horror mayor que el de la conciencia o la ley, y expresando sólo el rabioso deseo de borrar aquella antigua mansión de su vista y memoria, Walter de la Poer, undécimo barón de Exhain, marchó a Virginia, en donde se estableció y fundó la familia que, en el siglo siguiente, era conocida por el nombre de Delapore.
Calor de Agosto
Penistone road, Clapham.
20 de agosto de 190…
Acabo de experimentar el que, creo, ha sido el día más extraordinario de mi vida, y mientras los hechos siguen frescos en mi memoria, deseo pasarlos al papel con tanta claridad como me sea posible. Déjenme decir antes que nada que mi nombre es James Clarence Withencroft. Tengo cuarenta años y una salud de hierro, pues nunca he pasado un solo día de mi vida enfermo. Soy artista por profesión, aunque no de mucho éxito, si bien gano suficiente dinero con mi trabajo en blanco y negro para satisfacer mis necesidades.
Mi único pariente cercano, una hermana, falleció hace cinco años, de modo que soy independiente. Esta mañana tomé el desayuno a las nueve, y tras echarle un vistazo al periódico matutino encendí mi pipa y dejé vagar la mente con la esperanza de dar con algún tema para mi lápiz. A pesar de tener la puerta y las ventanas abiertas, la atmósfera de la habitación era opresivamente calurosa, y acababa de decidir que el lugar más fresco y cómodo de todo el vecindario sería la zona más honda de la piscina pública cuando llegó la idea.
Empecé a dibujar. Me concentré en el trabajo con tanta intensidad que dejé intacto el almuerzo, y sólo me detuve cuando el reloj de San Judas marcó las cuatro. El resultado final, para tratarse de un boceto apresurado, era, estaba convencido, lo mejor que había hecho nunca. Mostraba a un criminal en el banquillo de los acusados inmediatamente después de que el juez hubiera dictado sentencia. Era un hombre gordo, inmensamente gordo. La carne colgaba exageradamente sobre su barbilla; se plegaba sobre su enorme y rechoncho cuello. Exhibía un afeitado apurado (más bien debería decir que un par de días antes había disfrutado de un afeitado apurado) y era casi completamente calvo. Se encontraba de pie en el banquillo, agarrando la barandilla con sus torpes dedos, mirando al frente. El sentimiento que sugería su expresión no era tanto de horror como de un completo y absoluto derrumbamiento.
Algo Llamado Enoch
Empieza siempre de la misma manera.
Ante todo, la sensación.¿No habéis notado nunca el paso de un pequeño pie que camina sobre vuestro cráneo? ¿Un sonido de pasos sobre vuestra calavera, arriba y abajo, arriba y abajo? Empieza siempre así. No podéis ver quién es el que camina. Después de todo, está encima de vuestra cabeza. Si sois hábiles, esperáis el momento oportuno y pasáis súbitamente una mano por vuestros cabellos. Pero nunca podréis atrapar a quien camina de esa manera, y él lo sabe. Aunque apretéis ambas manos contra la cabeza, él siempre consigue escabullirse. O tal vez salta. Es terriblemente rápido. Y no podéis ignorarlo. Si intentáis no escuchar sus pasos, hace más ruido. Se desliza hacia atrás, a lo largo de vuestro cráneo, y os musita algo al oído. Podéis sentir su cuerpo, minúsculo y frío, apretado, adherido a la base de vuestro cerebro. Sus garras deben de ser suaves, pues no hacen daño, pero más tarde encontraréis pequeños arañazos en el cuello, que sangran y sangran.
Todo lo que sabéis es que algo minúsculo y frío está ahí adherido. Está pegado, y os susurra al oído. Esto ocurre cuando quereis combatirlo. Intentáis no escuchar lo que dice. Porque Si lo escucháis, estáis perdidos. Y luego tenéis que obedecerle. ¡Oh, es sabio y malvado!
Una Advertencia a los Curiosos
El pueblecito costero en el que pido al lector que se sitúe se llama Seaburgh. No es muy distinto hoy de como lo recuerdo cuando era niño: al sur marismas cortadas por diques que evocan los primeros capítulos de Grandes esperanzas; al norte campos llanos que se prolongan en una extensión de matorrales, abetos y sobre todo aulaga hacia el interior. Tiene un largo paseo marítimo y una calle; detrás, una amplia iglesia de piedra con una sólida torre occidental en la que repican seis campanas. ¡Cómo recuerdo su tañido un domingo de agosto, mientras nuestro grupo subía despacio por el camino blanco y polvoriento que conducía a ellas!
Porque la iglesia se alza en la cima de una pequeña y empinada elevación. En los días de calor sonaban con una especie de golpe seco y apagado, pero cuando el aire era más suave, los tañidos se volvían más blandos también. La vía del tren discurría hacia su pequeña estación terminal al otro lado del camino. Un poco antes de llegar a la estación había un molino de viento blanco y alegre, otro cerca de la playa de guijarros, en el extremo sur del pueblo, y algunos más en terreno más alto, al norte. Había casas de campo de ladrillo rojo con tejado de pizarra.
miércoles, 24 de enero de 2018
Una Cruz de Siglos
Lo llamaron Cristo. Pero no era el Hombre que cinco mil años atrás había
recorrido trabajosamente el largo camino hacia el Gólgota. Lo llamaron
Buda y Mahoma, lo llamaron Cordero, y Bendito de Dios. Lo llamaron
Príncipe de la Paz y el Inmortal.
Su nombre era Tyrell. Ahora acababa de ascender por otro camino, el escarpado sendero que llevaba al monasterio de la montaña, y por un momento se detuvo parpadeante ante la brillosa luz del sol. Su túnica blanca estaba teñida del color negro ritual. La muchacha que lo acompañaba le tocó el brazo y lo estimuló suavemente para seguir adelante. Entró en la sombra del portón. Entonces vaciló y volvió la mirada hacia atrás. El camino lo había conducido hasta la pradera de la montaña donde se levantaba el monasterio, de color verde deslumbrante en la incipiente primavera. Tenuemente, a lo lejos, sintió que lo desgarraba la idea de abandonar todo ese esplendor, pero intuyó que la situación mejoraría muy pronto. Y el esplendor estaba lejos. Ya no era del todo real. La muchacha le volvió a tocar el brazo y él asintió obediente y caminó hacia adelante, preocupado por la sensación de una pérdida inminente que su mente fatigada no alcanzaba a comprender.
Estoy muy viejo, pensó.
En el patio los sacerdotes se inclinaron ante él. Mons, el jefe, estaba de pie en la otra punta de un amplio estanque que devolvía el azul indiferente del cielo. De cuando en cuando una brisa suave, fresca, agitaba la superficie del agua. Viejas costumbres enviaban mensajes a lo largo de sus nervios. Tyrell elevó una mano y los bendijo a todos. Serenamente su voz pronunció las recordadas frases.
Su nombre era Tyrell. Ahora acababa de ascender por otro camino, el escarpado sendero que llevaba al monasterio de la montaña, y por un momento se detuvo parpadeante ante la brillosa luz del sol. Su túnica blanca estaba teñida del color negro ritual. La muchacha que lo acompañaba le tocó el brazo y lo estimuló suavemente para seguir adelante. Entró en la sombra del portón. Entonces vaciló y volvió la mirada hacia atrás. El camino lo había conducido hasta la pradera de la montaña donde se levantaba el monasterio, de color verde deslumbrante en la incipiente primavera. Tenuemente, a lo lejos, sintió que lo desgarraba la idea de abandonar todo ese esplendor, pero intuyó que la situación mejoraría muy pronto. Y el esplendor estaba lejos. Ya no era del todo real. La muchacha le volvió a tocar el brazo y él asintió obediente y caminó hacia adelante, preocupado por la sensación de una pérdida inminente que su mente fatigada no alcanzaba a comprender.
Estoy muy viejo, pensó.
En el patio los sacerdotes se inclinaron ante él. Mons, el jefe, estaba de pie en la otra punta de un amplio estanque que devolvía el azul indiferente del cielo. De cuando en cuando una brisa suave, fresca, agitaba la superficie del agua. Viejas costumbres enviaban mensajes a lo largo de sus nervios. Tyrell elevó una mano y los bendijo a todos. Serenamente su voz pronunció las recordadas frases.
viernes, 12 de enero de 2018
La Cabaña del Doctor Xander
—¿Aún se lo ve?
—Sí —susurré— y agáchate, imbécil. Anda despacio.
Era cierto. El doctor Xander andaba muy despacio. No era viejo, pero arrastraba los pies como si tuviera alguna deformidad... algo oscuramente siniestro y nada apropiado.
—¿Se ha ido ya? —preguntó de nuevo Parker.
—Sí. —La figura encorvada había desaparecido por la curva del camino.
Parker y yo nos pusimos derechos.
—Maldita sea —dijo, cogiendo su cámara— tengo un calambre.
Yo también lo tenía.
Tumbarse en la hierba vigilando una casita en mitad de ninguna parte no era lo que un reportero consideraba pasárselo bien. Pero una historia es una historia, y el público debía tener sus sensaciones.
Y es que, de repente, el pequeño pueblo de Elwood se convirtió en el centro de la atención pública, tras descubrirse que sus habitantes habían estado desapareciendo misteriosamente durante años. Era como si hubiera una plaga progresiva y mortal. La gente desaparecía, y no se volvía a saber de ellos.
El Homúnculo
Háganse a la idea de que no puedo jurar que mi historia sea cierta. Pudiera haber sido un sueño; o peor aún, un síntoma de algún severo desorden mental. Pero yo creo que es cierta. Despues de todo, ¿Cómo podemos estar seguros de todas las cosas que hay sobre la tierra? Aún existen monstruosidades extrañas, y espantosas e increibles perversiones. Cada año que pasa, cada nuevo descubrimiento geográfico o científico, saca a la luz algún nuevo fragmento de la macabra evidencia de que el mundo no es, exactamente, el lugar que imaginamos. En ocasiones ocurren incidentes peculiares, que rozan la locura más absoluta.
¿Cómo podemos estar seguros de la validez de nuestras patéticas concepciones de la realidad? A cada hombre entre un millón, le es revelado un espantoso conocimiento, y el resto de nosotros permanecemos piadosamente ignorantes. Ha habido viajeros que jamás regresaron, y trabajadores de minería que desaparecieron. Y algunos de los que regresaron, fueron considerados locos, debido a lo que contaron, y otros prefirieron ocultar la sabiduría que tan horriblemente les había sido revelada. Ciegos como somos, sabemos muy poco de aquello que acecha más allá de nuestra vida normal. Ha habido relatos sobre serpientes marinas y criaturas de las profundidades; leyendas de enanos y gigantes; informes de raros horres médicos y partos antinaturales. Asombrosas pesadillas de la personalidad humana, han salido a la luz bajo el espantoso estímulo de la guerra, de la plaga o de la hambruna. Ha habido caníbales, necrófilos, y gules, ritos impíos de adoración y sacrificio; maniacos homicidas, y crímenes blasfemos. Y cuando pienso, entonces, en lo que he visto y oído, y lo comparo con otras grotescas e increibles realidades, comienzo a temer por mi razón.
La Calle Tenebrosa
En un muelle de Rótterdam, los cabrestantes extraían de las bodegas de un barco una carga fardos de papeles viejos. El viento los erizaba de banderas multicolores cuando, de repente, uno de ellos estalló. Los trabajadores del muelle contuvieron la avalancha voladora, pero una gran parte fue abandonada a la alegría de los niños judíos que espigan el eterno otoño de los puertos. Entre los papeles dispersos había hermosos grabados de Pearson cortados en dos por orden de la aduana; paquetes verdes y rosas de acciones y obligaciones, últimos vestigios de resonantes bancarrotas; libros estropeados cuyas páginas habían permanecido unidas como manos desesperadas.
Mi bastón merodeaba entre este inmenso residuo del pensamiento, donde ya no existía la vergüenza ni la esperanza. De toda aquella prosa inglesa y alemana retiré algunas páginas pertenecientes a Francia: números del Magazin Pittoresque, sólidamente atados y un poco chamuscados por el fuego. Fue hojeando la revista tan primorosamente ilustrada y tan lúgubremente escrita, como descubrí los dos cuadernos: uno, redactado en alemán; el otro, en francés. Sus autores, al parecer, no se conocían; sin embargo, hubiérase dicho que el manuscrito francés vertía un poco de claridad sobre la angustia negra que emanaba del primer cuaderno como humareda deletérea. ¡Para que la luz pudiese hacerse sobre este relato que parecía asediado por las peores fuerzas hostiles! La tapa del cuaderno llevaba un nombre: Alphonse Archiprête, seguido de la palabra Lehrer. Traduje las páginas alemanas:
El manuscrito alemán:
En la Cripta
No hay nada más absurdo, en mi opinión, que esa común asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la psicología de las masas. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un obeso y vulgar funebrero de pueblo y un prosaico contratiempo en una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato absurdo, divertido pero grotesco.
Dios sabe, sin embargo, que la muerte de George Birch me permite relatar ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca hablaba del asunto si podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su enfermedad fue resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más oscuros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Confió en mí porque yo era médico, y porque posiblemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.
Número Trece
De las ciudades de Jutlandia, Viborg ocupa con toda justicia un lugar destacado. Es sede episcopal; tiene una bella catedral aunque casi nueva, un parque encantador, un lago de gran belleza, y multitud de cigüeñas. Cerca se encuentra Hald, una de las cosas más bellas de Dinamarca, y poco más allá Finderup, donde Marsk Stig asesinó al rey Erik Glipping el día de santa Cecilia, en el año 1286. Cincuenta y seis golpes infligidos con una maza de hierro de cabeza cuadrada se contabilizaron en el cráneo de Erik cuando abrieron su tumba en el siglo XVII. Pero no pretendo escribir una guía turística.
Hay buenos hoteles en Viborg: el Preisler y el Fénix son todo lo buenos que se puede desear. Pero mi primo, al que le ocurrió lo que voy a contaros, se dirigió al León de Oro la primera vez que visitó Viborg. No ha vuelto a poner los pies en él desde entonces, y las páginas que siguen explicarán sin duda el motivo.
El León de Oro es una de las pocas casas de la ciudad que quedaron en pie después del gran incendio de 1726. Es una construcción de ladrillo rojo, con hastiales escalonados y una leyenda encima de la puerta; pero el patio en el que entran los carruajes es de tipo jaula, con el blanco y negro de las vigas y el yeso. Cuando mi primo llegó el sol declinaba y daba de lleno en la imponente fachada. Le encantó el aire antiguo, y se prometió una estancia satisfactoria en una posada tan típica de la vieja Jutlandia.
La Escuela para Brujas
En el pico de Cader había una escuela de brujas: allí, la hija del médico, que enseñaba la cuna profana y la aguja del demonio, contaba con siete jovencitas campesinas.
En el pico de Cader, a medias derruida y azotada por un clima hostil, la casa de una sola planta daba albergue a las siete jovencitas, a los ecos del sótano, a una cruz invertida sobre la entrada de las habitaciones interiores. Allí, cuando soñaba con enfermedades en el centro de la colina tuberculosa, oyó el médico gritar a su hija invocando el poder que rebullía bajo las raíces de occidente. Invocaba a un demonio en concreto, pero la gehena ni siquiera bostezó bajo la colina, y el día y la noche continuaron con sus sendas despedidas; cantaron los gallos y cayó el maíz en las aldeas y en los campos amarillentos mientras ella enseñaba a las siete jovencitas cómo se interponía la lujuria del hombre, cual cadáver de caballo, frente a sus mezcolanzas inyectadas. Era baja, tenía gruesos los muslos y las mejillas coloradas, los labios carmesíes y la inocencia en los ojos. Sin embargo, se le endurecía el cuerpo cuando invocaba a las flores negras bajo la marea de las raíces, cuando salía a recoger los cuajos de los árboles para colocarlos bajo las ubres de las vacas, y las siete la miraban fijamente, boquiabiertas, viendo cómo se le endurecían las venas de los pechos; permanecía descubierta e invocaba al diablo, y las siete, descubiertas, cerraban un círculo a su alrededor.
El Retrato Oval
El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los Apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe.
Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco.
Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho.
El Espectro de Olivier
Olivier Prévillars y Baudouin Vertolon, nacidos los dos en la ciudad de Caen, estaban unidos desde la infancia por la más estrecha amistad. Eran más o menos de la misma edad, sus padres eran vecinos; todo contribuía a hacer duradera la amistad que se profesaban.
Un día, en una exaltación de sentimiento bastante común en la primera juventud, se prometieron no olvidarse jamás, e incluso llegaron a jurar que el que muriese primero iría al instante a ver al otro para no abandonarle. Escribieron y firmaron este juramento con su propia sangre.
Pero pronto los inseparables (pues era así como les llamaban) se vieron forzados a alejarse uno del otro; tenían entonces diecinueve años. Olivier, que era hijo único, se quedó en Caén para secundar a su padre en las tareas del comercio; Baudouin fue enviado a París para estudiar derecho, pues su padre le destinaba a la abogacía. Se puede imaginar fácilmente el dolor que esta separación causó a los dos amigos. Se despidieron de la forma más afectuosa, renovaron su promesa y volvieron a escribir un nuevo juramento de reunirse, incluso después de la muerte, si el cielo quería permitirlo. Al día siguiente, Baudouin partió hacia París.
El Conductor de Autobús
Por sí sola la casa tenía todo lo que debía tener una casa semejante, pues era jacobina y revestida de tablas de roble, con pasillos largos y oscuros y altas estancias abovedadas. Además se hallaba situada en un lugar muy remoto, rodeada por un bosque de sombríos pinos que murmuraban y susurraban en la oscuridad; todo el tiempo que estuvimos allí había predominado un ventarrón del sudoeste con torrentes de lluvia que era la causa de que día y noche voces extrañas gimieran y cantaran en las chimeneas, de que un grupo de espíritus inquietos celebraran coloquios entre los árboles, y de que golpes y señales llamaran nuestra atención desde los cristales de las ventanas.
Pero, a pesar de ese entorno que casi podríamos decir que bastaba por sí solo para generar espontáneamente fenómenos ocultos, no había sucedido nada de ese tipo. Me siento inclinado a añadir, además, que mi estado mental se hallaba peculiarmente bien dispuesto a recibir, incluso a inventar, los suspiros y sonidos que habíamos ido a buscar; pues confieso que durante todo el tiempo que estuvimos allí me hallaba en un estado de abyecta aprensión, y permanecí despierto las dos noches de largas horas de terrorífica inquietud, teniendo miedo de la oscuridad; y más miedo todavía de lo que una vela encendida pudiera mostrarme.
viernes, 5 de enero de 2018
El Descubrimiento
-Un caso muy simple, -comenzó, prendiendo su pipa- Nada más que un simple análisis mental. Hablé un día con Jones de Malbrey & Jones, editores de Bibliophile y Book Table, y él mencionó poseer un libro llamado Acrósticos de Dumpley. La única copia conocida de tal obra se encontraba en el Museo Caylen.
Esta segunda copia que había sido conseguida por un tal Mr. Ludwig, parecía ser genuina. Ambos, Malbrey y Jones, creían en su autenticidad, y esto, para cualquiera que conozca sus reputaciones, significaba que el libro era auténtico.
El Abismo
Sacamos el cuerpo de Graf Norden envueltos por la noche de noviembre, bajo las estrellas que resplandecían con un brillo tan terrible que resultaba insoportable, y condujimos el auto enloquecidos, frenéticamente, por la carretera que subía hacia lo alto de la montaña. El cadáver debía ser destruido a causa de los ojos que no querían cerrarse, sino que parecían mirar fijamente algún objeto situado detrás del observador; el cadáver que había perdido toda la sangre sin que presentara la más ligera traza de una herida; el cadáver cuya carne estaba cubierta de marcas luminosas, de arabescos que se desplazaban y cambiaban de forma ante nuestros ojos. Encajamos el rígido cuerpo que había sido Graf Norden tras el volante, pusimos una mecha en el tanque de gasolina, la encendimos y luego empujamos el vehículo hasta el borde del camino, desde donde se precipitó envuelto en llamas hacia la ruta principal: un meteorito flamígero
No fue hasta el día siguiente que nos dimos cuenta de que todos habíamos estado bajo el poder hipnótico de Dureen... hasta yo lo había olvidado. De no ser así, ¿cómo hubiéramos podido actuar tan alocadamente? A partir del instante en que se encendieron las luces de nuevo, y vimos lo que, un momento antes, había sido Graf Norden , fuimos como vagas, irreales figuras deambulando por un sueño. Lo olvidamos todo salvo las mudas órdenes que nos fueron impartidas mientras contemplábamos cómo el auto llameante se estrellaba contra el asfalto inferior, mientras observábamos su destrucción, y luego nos dirigíamos con paso incierto cada cual a su casa. Cuando, al día siguiente, recobramos parcialmente la memoria y buscamos a Dureen, éste había desaparecido. Y, como sea que apreciábamos nuestra libertad, no contamos a nadie lo que había sucedido, ni tratamos de averiguar hacia qué ignotos dominios se había esfumado Dureen. Sólo deseábamos olvidar.
Aire Frío
Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría. Parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento del ocaso se desliza entre la calurosa atmósfera de un apacible día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente a los malos olores, impresión que no negaré. Lo que haré es referir el caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia si constituye o no una razonada explicación de esta particularidad.
Es una equivocación creer que el horror se asocia íntimamente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo sentí en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había conseguido un trabajo rutinario y mal pago en una revista de la ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso alquiler, me mudé de una pensión barata a otra que reuniera las cualidades mínimas limpieza, un mobiliario decente y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las otras en que me había alojado hasta entonces.
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