Mis años de juventud los recuerdo con nostalgia y
melancolía.
Años de escuela, amigos, novias, peleas y parrandas vienen a mi mente como gratos, y llenos de alegría. Sin embargo; también me hacen recordar un hecho que me afectó profundamente. Aún no sé con certeza, si lo que ocurrió, fue del todo real o meramente producto de la imaginación de unos adolecentes, solo sé, que uno de mis amigos tuvo que recibir atención psicológica y otro me contó sentirse aterrado por varios días después de lo sucedido aquella noche.
Años de escuela, amigos, novias, peleas y parrandas vienen a mi mente como gratos, y llenos de alegría. Sin embargo; también me hacen recordar un hecho que me afectó profundamente. Aún no sé con certeza, si lo que ocurrió, fue del todo real o meramente producto de la imaginación de unos adolecentes, solo sé, que uno de mis amigos tuvo que recibir atención psicológica y otro me contó sentirse aterrado por varios días después de lo sucedido aquella noche.
Habíamos terminado el segundo año de preparatoria y
estábamos felices. Para festejar, quedamos en reunirnos en el rancho del
compañero adinerado del grupo.
El rancho se encontraba apartado algunos kilómetros de la ciudad
y estaba rodeado de selva, pero estaba perfectamente limpio. Tenía una enorme
piscina completamente iluminada que usaríamos en la fiesta de esa noche.
Llegamos a las 8 de la noche aproximadamente. Preparamos
hamburguesas, servimos botanas y bebimos mucha cerveza. La estábamos pasando
muy bien hasta que, como a eso de las once, mi amigo Alejandro nos dijo que
quería ir a orinar. Le dije que yo le acompañaba y se nos unió Roberto.
Nos apartamos algunos metros de la piscina y de la luz. Nos
formamos en una fila lateral y vaciamos nuestras vejigas cargadas de cerveza.
La noche estaba hermosa cuando llegamos al rancho horas
antes, pero en ese momento comenzaba a caer una leve llovizna sobre nosotros.
La luna se ocultaba por momentos entre las nubes.
Mis amigos y yo casi terminamos lo que estábamos haciendo,
cuando detectamos cierto movimiento entre la maleza. La luz de la luna no era
suficiente para ver con claridad, pero era seguro de que alguien o algún animal
se movía allí. Especulamos en lo que podría ser hasta que las nubes se
disiparon brevemente. Entonces la vimos.
Una hermosa mujer algo mayor a nosotros sonreía y coqueteaba
entre las plantas. Tenía un hermoso cuerpo atlético y sus formas se
transparentaban bajo un ligero vestido blanco completamente mojado por la
lluvia, que ahora caía con algo más de fuerza. Tenía la piel tan blanca que
casi podría jurar que brillaba bajo la luz de la luna. Su cabello era negro,
muy largo y que cubría parte de los encantos de la mujer. Nosotros nos
mirábamos incrédulos y sonreíamos como idiotas ante la mirada de la chica,
hasta que, sin darnos cuenta, la chica comenzó a adentrarse entre la selva
mientras que nos hacía un gesto con la mano para que le siguiéramos.
Compartimos una mirada más de incredulidad, hasta que Roberto salió corriendo
tras ella sin decir nada. Alejandro animado por la actitud de Roberto salió
disparado tras él y yo decidí seguirlos.
Para lo que consideré mala suerte en esos momentos, había
olvidado ponerme mis zapatos, así que iba mucho más lento que mis amigos.
Seguí con lentitud sus risas excitadas, en la casi completa
oscuridad de la noche, y entre la espesa maleza hasta casi perderles. Luego,
después de algunos segundos, dejé de oírles totalmente.
Momentos después, percibí un rápido movimiento de la hierba
en dirección mía, instantes más tarde, pasó Roberto velozmente a mi lado
llorando y gritando -correeee- con dirección a la piscina.
Pude ver su rostro completamente pálido y una expresión de
terror que me heló la sangre. Alejandro le seguía de cerca. Al pasar junto de
mí y sin detenerse me gritó que le siguiera. Igual él se veía muy asustado.
Roberto se encontraba muy alterado. Temblaba, lloraba y no
fue posible calmarle sino hasta casi media hora después. Alejandro estaba muy
asustado también, pero confesó que solo fue por ver a Roberto escapar de la
chica de la manera en que lo hizo.
Cuando Roberto pudo calmarse, nos platicó lo que había
sucedido.
-Casi logré alcanzarla-, decía Roberto,
-le grité… espera
preciosa-, pero ella era anormalmente rápida.
-No renuncié, y
cuando logre quedar a casi 2 metros de ella, fue que pude notarlo…
-Casi me desmayo del susto y corrí despavorido de regreso
aquí, Porque ahí, donde debían estar sus hermosos pies blancos, salpicados por
el lodo…
-Tenía en su lugar ¡¡¡HORROROSAS
PEZUÑAS DE CERDO!!!.
Oscar Domínguez

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